La “pena de banquillo”


por Anónimo García


Estar involucrado en un proceso penal nunca es plato de buen gusto. Si el caso es mediático el plato es más amargo. El resultado del juicio no es la sentencia final o entrar o no a la cárcel, sino lo que ocurre por el camino. Daré unas pinceladas de ello sin ánimo de entrar en detalles.

Durante el procesamiento he descubierto lo que en el mundo jurídico se conoce como pena de banquillo: enfrentarse a la incertidumbre y estigmatización de una demanda criminal. La pena de banquillo es la tensión de tener un juicio pendiente, la urgencia de conseguir dinero para un abogado, la preocupación de tus seres queridos y la incapacidad de darles seguridad, la impotencia de leer acusaciones durísimas y no poder responder.

En este caso la pena de banquillo viene multiplicada por la exposición mediática. He conocido cada avance del proceso judicial por la prensa, que era alertada por la abogada acusadora o el Consejo General del Poder Judicial. El tratamiento equívoco por parte de los medios ha conducido a la ciudadanía a juicios erróneos y mensajes de odio en redes sociales. Pero el comentario de alguien a quien no conoces no es lo hiriente, sino cuando este viene de personas cercanas. Fuera del círculo más íntimo la relación se vuelve complicada: familiares a los que ves poco, gente en tu trabajo con la que no coincides tanto, personas conocidas aquí y allí que pueden sacar conclusiones precipitadas en torno a un tema difícil de tratar. Y lo más terrible: leer en redes sociales a personas queridas que se alegran de la sentencia.

Las consecuencias profesionales también están siendo complicadas. La ONG para la que trabajaba desde 2011, precisamente en desinformación y distorsiones del poder, me abrió un expediente tras la sentencia de diciembre de 2019 y me despidió tras la de junio de 2020. Fueron dos golpes más duros aún que la propias condenas por venir de personas cercanas. Por otra parte, nuestro colectivo ya ha recibido el veto de varias organizaciones y festivales en los que solemos participar. La exclusión social es, sin duda, la condena más despiadada, y en ello la abogada acusadora y su maquinaria mediática han ganado.

Pero también he de notar que he recibido el apoyo de muchísimas personas, conocidas o no. Mucha gente participó en los tres crowdfundings que hicimos para costear nuestro abogado, y el día de la sentencia mi teléfono se llenó de mensajes de ánimo y de gente ofreciéndome sus cuidados y su apoyo. En un plano emocional recompuso el golpe inicial; en un plano intelectual me reconfortó tener alrededor ese nutrido grupo de personas progresistas y feministas que no se quedan en titulares sensacionalistas y proclamas de Twitter.

Gracias a todas ellas seguimos aquí.