Los medios de comunicación como sostén del poder


por Anónimo García


El falso tour de La Manada pretendía comprobar cómo la maquinaria mediática tritura los hechos y los reescribe, construyendo una ficción que define nuestra percepción del mundo. Lo interesante es que ha disparado un proceso que pone de manifiesto cada pieza, pequeña o grande, de ese engranaje, cuyo fin último es mantener el statu quo de las élites económicas, que son propietarias y anunciantes de los medios de comunicación. Abordamos a continuación esos engranajes.

En este artículo:
1. Las noticias como espectáculo
2. El espectáculo como sustento del poder económico
3. El poder económico como delimitador del sentido común
4. El sentido común como inhibidor del cambio social

Las noticias como espectáculo

«En New Bedford, Massachusetts, el juicio por una violación fue televisado para el placer de las audiencias, que apenas podían distinguir entre el juicio y su telenovela favorita.»

Neil Postman

El telediario es el programa de la televisión que mantiene al público al tanto de los asuntos importantes del mundo, y su audiencia queda satisfecha porque le informa sobre lo que hay que conocer. Encendemos el aparato a las tres de la tarde y vemos:

  • Que abre con noticias sobre política o economía que son más inmediatas que importantes: asuntos peregrinos que impiden una visión global pero que transmiten al público la idea de pertinencia.
  • Siguen abundantes noticias sobre muertes, robos y calamidades de toda índole que hacen ver una preocupación por la ciudadanía al ponerle alerta de los peligros aparentes que la acechan.
  • Las habituales noticias sobre frío en invierno o calor en verano, prácticamente las únicas cuya veracidad la audiencia puede comprobar, se corroboran como ciertas. Ello da una sensación de credibilidad.
  • Las entrevistas a pie de calle refuerzan la opinión dominante: una persona que es preguntada sobre un tema al azar y con un espacio de cinco segundos no puede hacer un discurso muy elaborado, y en cualquier caso las cuestiones son sobre asuntos fútiles. Pero la aparición de estas figuras confiere al programa cercanía y legitimidad.1Un interesantísimo ejemplo de entrevista a pie de calle es la de un hombre al que, a propósito de un atraco producido el día anterior (preocupación por la ciudadanía) con una pistola de juguete, le preguntan qué haría si alguien le atraca con un arma y le pide todo su dinero. Responde «nada, no se lo doy» y, ante la perplejidad del entrevistador, arguye «porque no tengo ganas de seguir viviendo». La excepcionalidad de este ejemplo pone en evidencia cómo, incluso ante la incertidumbre de preguntar a una persona aleatoria por la calle, no contemplamos la posibilidad de ningún giro argumentativo en el ciudadano anónimo. Puede verse en https://twitter.com/MadridDirecto/status/1046443759666384896
  • El uso constante de epítetos y juicios de valor, siempre en línea con el sentimiento popular, gana la confianza de la audiencia. El tour es un caso claro: los medios lo tildan de «asqueroso» o «indignante», alimentando un relato maniqueo que pone a la audiencia y a sí mismos en el lado de los buenos.
  • Finalmente, el parte meteorológico confiere utilidad: da la única información que es a la vez práctica, veraz y relevante de todo el espacio.
«Perro muerde hombre» es noticia: El frío en invierno y el calor en verano nunca dejan de ocupar jugosos minutos televisivos donde el propio ciudadano es queien construye la noticia. (Vídeo original)
«No se están haciendo suficientes tests», «Hay pocos rastreadores», dicen en televisión ciudadanos que difícilmente han visto los informes o comparado las cifras, pero que previamente han recibido ese mensaje por la televisión. (Vídeo original)

Es decir, el programa más serio de la televisión lo único que hace es revestir sucesos irrelevantes de seriedad. Se trata de un magacín de puro espectáculo-Grasa con muy poco valor informativo: un programa de entretenimiento más cuya excusa es la información y cuyo nicho de mercado es la Gente Seria. El telediario no instruye sobre la actualidad, ni mucho menos sobre las amenazas reales a las que se enfrenta la sociedad, que reduce a robos y niños que caen fortuitamente a pozos. Como dice Pasolini (1975), el consumismo2Como se verá, este escrito presenta una actitud crítica hacia el consumismo y el capitalismo. Por una parte existe una voluntad kitsch de expurgar de nuestra conciencia lo malo; por otra entendemos que la acumulación de capital económico mengua el capital medioambiental, lo que conduce inevitablemente al colapso climático. Pero por otra también admitimos, como sugiere Edward Bernays, que el consumismo apacigua los instintos más bajos del ser humano. Para ampliar información sobre nuestra postura a este respecto, ver Doppelgänger (2018). es «la máscara de la peor represión nunca ejercida por el poder sobre las masas de ciudadanos», y los medios son su heraldo: ante el desasosiego de las noticias, la seguridad y felicidad de los alegres intérpretes que aparecen en los anuncios.

«La gente responde a una historia no porque sea verdad, sino porque le encuentra sentido», advierten en la guía de resistencia creativa Beautiful Trouble (2012). Las noticias construyen nuestra visión del mundo sin que podamos discernir qué tienen de realidad y qué de ficción, qué de objetividad y qué de opinión. Ante el telediario somos como niños el 5 de enero, que corroboran la existencia de los Reyes Magos porque el programa da la noticia de que han llegado a su ciudad.

La idea del telediario como entretenimiento grasiento no es nueva ni original: cualquiera lo puede comprobar encendiendo la televisión después de comer. «No es que la televisión sea entretenimiento, es que ha hecho el propio entretenimiento la forma natural de representar toda experiencia», dice Neil Postman en Amusing ourselves to death (1985).

Lo que ocurre es que la televisión está alterando el significado de «estar informado» al crear una especie de información que podría ser llamada apropiadamente desinformación. (…) La desinformación no significa información falsa. Significa información equívoca (fuera de contexto, irrelevante, fragmentada o superficial), que crea la ilusión de que se conoce algo pero que en realidad conduce a lo contrario. (…) Cuando las noticias vienen empaquetadas en entretenimiento, ese es el resultado inevitable. (…) La ignorancia siempre se puede corregir. Pero ¿qué podemos hacer si tomamos la ignorancia como conocimiento?

Según Postman el telediario es un formato de entretenimiento, no de educación, reflexión o catarsis, que imposibilita cualquier pensamiento profundo. Es una cascada constante de imágenes interesantes, una delicia visual. «La duración promedio de cada plano es de 3,5 segundos, de modo que el ojo nunca descansa, siempre tiene algo nuevo que ver. La televisión ofrece a la audiencia una variedad de asuntos, requiere habilidades mínimas para ser entendida, y está dirigida en gran medida a la gratificación emocional».

Viendo el tour de La Manada al trasluz de estas palabras, solo podemos sentir lástima de las personas que al abrir El Periódico o ver Más Vale Tarde en La Sexta sintieron que el tour era execrable. ¿En cuántas otras ocasiones han creído tener un conocimiento informado de algo de lo que no solo eran ignorantes, sino que habían sido inducidas a creer lo contrario?

La virtud del falso tour de La Manada es que hace que estas palabras dejen de ser una entelequia, al poderse verificar de manera muy simple las faltas al rigor periodístico sostenidas en el tiempo. Arrojamos una primera característica: (1) los medios de comunicación hacen que el público se figure que está informado y que conoce los asuntos importantes. Pero esto solo ocurre cuando la utilidad de la información coincide con el beneficio de los oligarcas.

El espectáculo como sustento del poder económico

Una vez que los medios han establecido una relación con la audiencia en los términos aparentes que hemos descrito a partir de un telediario (pertinencia, preocupación por la ciudadanía, credibilidad, cercanía, confianza y utilidad), esta está dispuesta a recibir el mensaje de la plutocracia: el consumismo. El propio telediario suele estar patrocinado por alguna marca que confiere tranquilidad. En los primeros meses de 2020, por ejemplo, Endesa anunciaba el parte meteorológico del informativo de Telecinco con un relato que venía a decir «no hay que preocuparse por el cambio climático, estos generadores eólicos que te mostramos tranquilizarían hasta a la pequeña Greta». Fuera de esta promoción descubrimos que la empresa es en realidad la compañía que más CO2 emite en España.

Bien: puede parecer redundante insistir que los medios de comunicación son en última instancia empresas, y recuperar datos como que Mediaset, Atresmedia y PRISA controlan el 58% del mercado, el 60% de la audiencia y el 87% de la publicidad (Elorduy 2017). No lo es: aún hay gente que cree que La Sexta es un medio de izquierdas, no una empresa cuyo nicho de mercado es el público de izquierdas. Y esta concepción de los medios de comunicación como empresas es fundamental para entender la forma en la que filtran y matizan la información que difunden.

Edward S. Herman y Noam Chomsky idearon en 1988 el modelo de propaganda de los medios de comunicación, una teoría que describe el control y procesamiento de las noticias de un modo descentralizado y en base a un sistema de mercado. Establecen cinco filtros por los que la información es tamizada por todos los agentes que intervienen en su proceso:

  1. El tamaño, la concentración de la propiedad, la riqueza del propietario y la orientación a beneficios de los medios.
  2. La publicidad como fuente principal de ingresos.
  3. La dependencia de la información suministrada por expertos y fuentes oficiales.
  4. Los correctivos diversos por grupos de poder para disciplinar a medios de comunicación.
  5. Un enemigo común que permita establecer un relato maniqueo de buenos y malos.
Los filtros del modelo de propaganda de Herman y Chomsky.

Los autores sugieren que cuando los medios de comunicación están en manos del Estado su censura es obvia, pero es mucho más complicado advertirla cuando son privados, exponen los errores del gobierno y se autocalifican portavoces de la libertad de expresión y los intereses de la comunidad. El modelo de propaganda permitiría hacerlo en este segundo caso.

El objetivo inicial del tour de La Manada era colarse en los dos primeros filtros, que por una parte exigen noticias rápidas, baratas y emocionales para minimizar su coste y maximizar el beneficio, y por otra muestran contenido plano, sin complejidades que puedan poner en duda los intereses y valores de los anunciantes. Así, como hemos visto, los medios califican el tour de «vil» o «denigrante», a pesar de haber ofrecido ellos mismos el recorrido con toda clase de detalles. En realidad no tienen un parecer, solo están construyendo la noticia en base al quinto filtro del modelo de propaganda. Se ponen del lado de la «gente de bien», es decir, la audiencia, y a la vez ellos mismos definen ese «bien». 

Si el grueso de la población apoyara un tour semejante, los medios lo llamarían «startup» o «interesante iniciativa», hablarían de «emprendimiento» o «labor social» y nuestro colectivo sería «un grupo de jóvenes emprendedores» o «personas concienciadas con la violencia machista». A continuación le recordarían al público femenino que puede adelgazar comprando agua Font-Vella. Pero los medios señalan con aspavientos el tour, obviando que en realidad es un espejo de ellos mismos. Ya no pueden retractarse, porque «el espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden actual mantiene sobre sí mismo, su monólogo autoelogioso», como apunta Debord (1967). El tour de La Manada es el retrato de Dorian Gray de la prensa, el espejo deformante en el que los medios no quieren mirarse.

Es un círculo interminable: los medios de comunicación de masas nunca van a ofrecer informaciones que pongan en entredicho la moral del grueso de la población, y el grueso de la población tiene la moral que constantemente refuerzan los medios. Los epítetos con los que cargan noticias que deberían ser objetivas por una parte refuerzan los pareceres de la ciudadanía y por otra le hacen ver que tienen sus mismos pareceres, lo que genera confianza en la audiencia.

«La estructura técnica de los medios de comunicación prácticamente exige la adhesión a los pensamientos convencionales, no puede expresarse otra cosa entre dos anuncios, o en setecientas palabras, sin la apariencia de absurdidad que resulta difícil de evitar cuando se desafían las doctrinas familiares sin la oportunidad de desarrollar los hechos o los razonamientos», sugieren Herman y Chomsky (1988). «Por lo general, los anunciantes evitarán los programas con serias complejidades y molestas controversias susceptibles de interferir con la disposición del comprador. Buscarán programas que entretengan alegremente, y se ajusten así a la difusión de un mensaje de ventas». De ese modo, podemos afirmar que (2) los medios de comunicación anulan la capacidad de reflexión por su inmediatez y velocidad y la necesidad de agradar a público y anunciantes.

«Quien paga la orquesta elige la música». Esta claro que estos periódicos no van a ofrecer informaciones negativas del Santander. Pero hay que preguntarse también: ¿se anunciaría el banco en ellos si publicasen noticias que cuestionasen las convicciones de la audiencia?
Sara Fernández, responsable de Comunicación de Endesa: «Lo que me dejó alucinada es que la gente no entendiera que era un recurso publicitario, no informativo, fue una portada publicitaria como hemos visto tantas veces» (Citado en Acosta 2020).

Por otra parte, también puede parecer redundante insistir en la injerencia de las empresas sobre el contenido de las noticias, pero por lo general el público no le da importancia a este hecho. Lo sugiere Ethan Zuckerman: «A la gente le molesta menos que la manipulen por motivos comerciales que por motivos políticos. No nos molesta tanto que intenten alterar nuestra conducta como consumidores pero sí que manipulen nuestras opiniones políticas» (Suárez 2018). Es decir, criticamos a La Razón por dar la opinión de tal partido de derechas, pero no nos molesta que La Sexta nos muestre publicidad de empresas con prácticas mucho peores que ese partido porque su línea editorial coincide con nuestro pensamiento político. Criticamos a Facebook por vender nuestros datos una sola vez con fines electorales, pero no nos importa que se los haya vendido a empresas todas las veces que le ha sido posible.

Sirva este ejemplo personal para demostrar la adeshión de los medios de comunicación al punto de vista empresarial: durante 2018 y 2019 trabajé en el área de cultura democrática de Greenpeace, uno de cuyos objetivos era desenmascarar desviaciones del poder (desinformación, Ley Mordaza, asesinato de activistas, etc.). Trabajamos junto a Podium, parte del grupo PRISA, en una serie de podcasts en la que mi organización pagaba los costes de redacción, grabación y emisión. La redactora de Podium que colaboró con nuestro equipo se involucró entusiasmada en el proyecto, pero tras lanzar el primer episodio, sobre la venta de armas fabricadas en España, recibió la llamada de sus editores, que intuían riesgo en la serie. Revisaron el resto de capítulos y cancelaron uno sobre consumismo y responsabilidad social de empresas, que daba cuenta de las malas prácticas de varias de ellas.3La casualidad quiso que el mismo día que acabamos de hacer el briefing del programa de desinformación me llegara el burofax con la cita de la vista previa y, más adelante, que la misma semana que se emitió ese programa recibiera la notificación de la denuncia de la abogada.

Ese capítulo abordaba, entre otras cosas, una de las ideas clave de La sociedad del espectáculo de Guy Debord: los medios de comunicación son la mejor herramienta para producir consumidores. Crean necesidades donde antes había calma, aumentan el valor de cambio frente al valor de uso, y son el «banco central» que atesora las imágenes y los símbolos que hacen que la ciudadanía se defina con lo que consume. Es decir, (3) son los principales responsables en hacer de la mercancía un fetiche, por tanto son el sostén principal del orden social objetificado, esto es, la relación entre personas mediada por los objetos que poseen. Es el segundo filtro del modelo de propaganda de Herman y Chomsky. «El espectáculo sirve como el mecanismo de control primario del capitalismo» nos recuerdan en Beautiful Trouble (2012). «Es un control de seducción y distracción, no de fuerza, pero no es menos potente por ello».

No hay modo de defendernos de la información diseminada por las corporaciones, advierte Postman (1985). «Los anuncios, que a algunas personas les parecen una molestia, son exquisitamente confeccionados, siempre agradando al ojo y acompañados de música emocionante. No hay duda de que la mejor fotografía del mundo se encuentra actualmente en los anuncios de televisión». La publicidad es el contenido principal y único de la televisión.

Podemos ver hasta qué punto el mensaje de la plutocracia ha calado: una persona puede ser facha o progre porque esa dialéctica está presente en el telediario, pero no puede ser consumista o anticonsumista porque no es una opción contemplada. Como señalan Herman y Chomsky (1988):

Los medios de comunicación permiten —e incluso fomentan— enérgicos debates, críticas y disidencias, en tanto permanezcan fielmente dentro del sistema de presupuestos y principios que constituyen el consenso de la élite, un sistema tan poderoso que puede ser interiorizado en su mayor parte, sin tener conciencia de ello. (…) No proporcionaron ni los hechos ni los análisis que hubiesen permitido al público entender la cuestión o la base de la política del gobierno con respecto a Camboya o Timor, y de esa manera aseguraron que dicho público no pudiese ejercer una influencia en las decisiones que se estaban tomando. Esto es bastante característico del verdadero «propósito social» de los medios de comunicación en los temas que son relevantes para el poder establecido; no «permitiendo al público ejercer un control significativo sobre el proceso político», sino más bien evitando semejante peligro.

Un claro ejemplo de cómo fomentan estos debates son las preguntas de los medios al Gobierno durante el estado de alarma provocado por el COVID-19. La gran mayoría tenían por objeto directamente crear enfrentamiento entre el Ejecutivo y las distintas administraciones autonómicas o la oposición, y si mencionaban la transparencia o las fases de la desescalada no era por un interés genuino en informar, sino para aumentar las tensiones y obtener titulares confrontativos. En un momento especialmente delicado los medios de comunicación alimentaban la fractura social.

Estos enérgicos debates constituyen una «(dis)función narcotizante» para Lazarsfeld y Merton (1948):

Si los medios de comunicación influyen en el público, esta influencia surge no solo de lo que dicen, sino, de manera más importante, de lo que no dicen. Los medios no solo refuerzan constantemente el status quo sino que, en igual medida, evitan suscitar cuestiones esenciales sobre la estructura de la sociedad. Con ello, guiando hacia el conformismo y proporcionando muy poca base para alguna evaluación crítica de la sociedad, los medios de comunicación financiados comercialmente traban de modo indirecto, pero eficaz, el sólido desarrollo de una perspectiva auténticamente crítica.

Efectivamente, la ciudadanía solo puede oponerse a lo que ve, de modo que el poder es más efectivo cuando permanece invisible. El debate entre partidos políticos puede ser importante, pero se convierte en espectáculo al ser tratado por los medios, haciendo al poder real, el económico, invisible. «Las mismas fuerzas que se nos escapan se nos aparecen con toda su potencia», dice Debord (1967). «Las raíces del espectáculo se hunden en la más antigua de las especializaciones sociales, la especialización del poder».

Es conclusión, (4) los medios de comunicación anulan la capacidad crítica porque no abordan ningún tema que pueda poner en peligro la estructura social.

Nuevos medios con viejos fines

Hasta ahora hemos visto cómo la incesante sucesión de imágenes de los medios convierte todo en espectáculo, de tal modo que (1) hace que el público se figure que está informado y que conoce los asuntos importantes, (2) anula la capacidad de reflexión, (3) sostiene el fetichismo de la mercancía, y (4) anula la capacidad crítica. Estos cuatro efectos están implícitos en su propio funcionamiento como empresas que se financian a través de otras empresas: su objetivo es vender, no instruir, para lo cual tienen que agradar a la audiencia, no retar sus emociones, concepción del mundo o capacidad intelectual. Por ello operan un círculo vicioso: su narrativa se mueve en los límites del parecer general, que ellos mismos definen de acuerdo a la conveniencia de los anunciantes.

Con la irrupción de internet, activistas e idealistas vieron una oportunidad de retar el oligopolio mediático. Aún hoy lo piensan, y proponen constantemente modelos participativos, democráticos y horizontales con un objetivo revolucionario. Entre muchos otros, los profesores Williams y Carpini en el año 2000, a propósito del caso Clinton-Lewinski, veían con optimismo que «la erosión del gatekeeping de élite4El término gatekeeping en periodismo hace referencia al filtrado de la información por parte de los redactores de un medio de comunicación, que deciden qué se publica y qué no. y la aparición de múltiples ejes de información brindan nuevas oportunidades a la ciudadanía para desafiar el control político por parte de las élites». En los albores de la red, cuando las multinacionales que dominaban el viejo mundo veían la red aún como una amenaza, intentaban formas torpes de censura.

Hoy internet no es tanto el sitio donde vas a buscar una película o una información determinada, sino donde enciendes Netflix «a ver qué echan» y abres Facebook «a ver qué dicen». El campo de cultura abierta y comunicación libre que conquistábamos con orgullo es ahora un terreno microfragmentado donde cinco multinacionales juegan a ingeniería social con miles de millones de personas. Lo explica de manera sobresaliente Marta Peirano en El enemigo conoce el sistema (2019), donde compara nuestros móviles con máquinas tragaperras: «La tecnología que mantiene internet funcionando no es neutral, y la que encontramos o instalamos en nuestros teléfonos móviles tampoco. En la última década, todas han evolucionado de una manera premeditada, con un objetivo muy específico: mantenerte pegado a la pantalla durante el mayor tiempo posible, sin que alcances nunca el punto de saturación».

Al igual que la televisión, el objetivo del oligopolio digital es vender, no instruir, para lo cual tiene que agradar al público, no retar sus emociones, concepción del mundo o capacidad intelectual. «Su negocio es investigar, evaluar, clasificar y empaquetar a los usuarios en categorías cada vez más específicas para vendérselas a sus verdaderos clientes, que incluyen dictadores, empresas de marketing político y agencias de desinformación», dice Peirano. Y sus medios son más temibles que la vieja televisión, porque una combinación despótica establece las narrativas: la propia persona usuaria dando rienda suelta a sus satisfacciones inmediatas, el interés desalmado del algoritmo en producir dinero a la empresa que lo ha creado, y la censura de sus contactos en redes sociales. Las conclusiones son las mismas en el oligopolio mediático que en el digital: (1) hacen que el público se figure que está informado y que conoce los asuntos importantes, (2) anulan la capacidad de reflexión, (3) sostienen el fetichismo de la mercancía, y (4) anulan la capacidad crítica.

Williams y Carpini recogieron también el punto de vista pesimista: «Somos escépticos con las habilidades de los ciudadanos corrientes para desafiar el poder político. Esos múltiples ejes de poder pueden estar aún moldeados por formas más elementales de poder político y económico». O como anunció Edward S. Herman en 1996, «a pesar de que las nuevas tecnologías tienen un gran potencial para una comunicación democrática, dejadas en manos del mercado hay poco motivo para esperar que internet sirva para fines democráticos». Efectivamente, el sistema que mejor aprovecha la capacidad de elección de la ciudadanía no es el asambleario sino el libre mercado: el Pueblo toma las decisiones que le sugieren grandes equipos de marketing figurándose que lo hace de manera libre, informada y consciente.5El ultrarracionalismo no cree en la emancipación del Pueblo. Desde un punto de vista realista sabemos que (1) es imposible desbaratar un imperio de símbolos destinado a mantener las estructuras de poder, (2) que una parte importante del Pueblo no desea ser emancipada y (3) que la sumisión hace «convivir a grandes cantidades de seres humanos en una sociedad funcional sin sobresaltos» (Bernays 1928). A pesar de ello, desde un punto de vista idealista nos disgusta esta subordinación inconsciente de las masas, y creemos que la ciudadanía debe conocer dónde empieza y acaba su individualismo y libertad para que el conjunto social funcione. Por ello trabajamos desde nuestras modestas posiciones para entrever los yugos simbólicos que nos apresan como Pueblo y hacerlos evidentes mediante su détournement. Los mass media son los heraldos de esos símbolos, de ahí que «hacer un uso hábil de los medios de comunicación imperantes para dotar de capacidad de seducción a propuestas aparentemente delirantes» (Debord 1955) sea uno de los actos más subversivos que pueden realizarse. De ahí el tour de La Manada.

No ahondaremos más en cómo el oligopolio digital repite las pautas del mediático en lo tocante a narcotización social. Para una reflexión más profunda recomendamos el inspirador análisis que hace Marta Peirano en el libro que ya hemos mencionado, El enemigo conoce el sistema (2019), pero sirva esta pequeña reflexión para poder referirnos en lo sucesivo tanto al oligopolio mediático tradicional (Mediaset, PRISA, Atresmedia) como al digital (Facebook, Google, Amazon).

El poder económico como delimitador del sentido común

Lo que los medios dicen y dejan de decir constituye los límites del discurso. La producción de este discurso está «controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad», según Michel Foucault (1970). Observamos cómo el telediario responde a esta producción de discurso, reforzando la estructura político-económica y alertando del peligro de morir a manos de un loco. O, en el caso del tour, de ser el objeto de un «desalmado» o un «bromista» que se quiere enriquecer a causa del sufrimiento ajeno. «Incrustado entre las narrativas e imágenes que constantemente repiquetean en los medios de comunicación, el discurso es política sin parecerlo, por lo que es mucho más difícil entreverlo, y por tanto también oponerse a él» (Boyd 2012). De nuevo el enemigo invisible.

Herman y Chomsky también advierten que los medios están constreñidos por la ideología dominante. El poder de los medios reside en «su habilidad de movilizar un consenso de élite», para dar la apariencia de consentimiento democrático, y crear suficiente confusión, interpretaciones erróneas y apatía en la población para que los programas de la élite salgan adelante.

Foucault, que exploró quiénes han estado históricamente fuera de los límites de ese discurso, propone que los manicomios no solo sirven para controlar a las personas recluidas en él sino también a las que están fuera. Lo mismo podemos decir de los medios de comunicación: establecen qué es aceptable y qué no, quién es una persona cuerda y quién no, qué queda dentro de la sociedad y qué no. Ese discurso tiene por objetivo reforzar una visión del mundo, la de las élites dirigentes, y que el Pueblo tome esta visión como suya propia.

Es decir, apuntalan lo que Gramsci llama hegemonía cultural. Repasemos sucintamente su teoría, a nuestro parecer la que mejor explica cómo se legitima el poder. El autor define la hegemonía como el establecimiento de la ideología de un grupo como dominante en una sociedad. Esta hegemonía no se impone por la fuerza, sino que es una combinación de liderazgo ideológico, coerción y movilización de intereses compartidos que da lugar al consentimiento de los subordinados (Rendueles 2017).

Daremos aquí a ideología una definición más pedestre que la de Gramsci: el sistema de creencias y mitos compartido por un grupo de personas, con sus propios límites de discurso, al que cada individuo se adhiere en función a las bagatelas sentimentales que ama. Puede ser una religión, un ideario político o económico, una corriente de pensamiento, etc.

Que una ideología llegue a ser hegemónica no es un hecho repentino, sino que es el resultado de una serie de degradaciones en las que su estado racional, concebido por intelectuales, va dando paso a otro estado emocional para calar en el Pueblo. «La mente del grupo no piensa en el sentido estricto del término, en lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones», sugiere Bernays (1928).

  • En primer lugar ocurre una panfletización, proceso por el cual la ideología se sintetiza en lemas fácilmente asimilables y repetibles, con lo que se logra llegar a una pequeña masa de personas influyentes.
  • En segundo lugar ocurre una fariseización, por la que el poder asume la ideología como medio para legitimarse. Da ayudas a artistas y organizaciones que trabajen con ella, los medios generalistas la comentan, las abogadas se la apropian en sus acusaciones, los mercaderes la adaptan para venderla como algo glamuroso, que solo unas personas elegidas entienden pero que es deseable para el resto. En este proceso las élites harán sacrificios de orden económico-corporativo, aunque estos nunca se referirán a lo esencial.
  • Por último se produce una cuñadización, por la que el Pueblo asume esa ideología y la mezcla con concepciones previas en combinaciones más o menos incoherentes y extravagantes, en una suerte de détournement natural.

Esta mezcla abigarrada, fruto de la permeación de la ideología dominante combinada con residuos de ideologías previas y los entenderes de las gentes, es el sentido común, por definición la ideología del Pueblo, especialmente del clasemediano. El sentido común es el pozo sin fondo de viejas ideologías; así, de la doctrina inicial de Cristo, por ejemplo, llegamos a la creencia de que correr delante de unos animales en unas fechas determinadas granjea a la ciudad la confianza de su santo patrón, o que ser el primero en saltar la reja del Rocío mejora nuestro carácter moral. No creemos ya en las supersticiones religiosas, que son parte de una hegemonía caduca, pero hemos adaptado sus supersticiones a la hegemonía económica moderna: correr los sanfermines atrae turismo, mejora la economía, da renombre a la ciudad, etc.   

Ese sentido común es la opinión dominante de la que hemos hablado: lo que expresa la señora al ser entrevistada en el telediario, la reprimenda de nuestro seguidor en Twitter por decir algo fuera de lugar, la opinión de nuestro cuñado en la cena de Navidad. Y a él aluden los políticos para llevarse a la Clase Media al bolsillo. «Hemos defendido los valores que nos han enseñado en nuestras casas, y que estaban asentados en el sentido común y la estabilidad social, y se nos ha llamado “retrógrados”», protesta Santiago Abascal.6Vox España (2020) Un paseo con Santiago Abascal (29 febrero). «Nuestro pacto es con el sentido común», afirma Pedro Sánchez.7 PSOE (2019) Pedro Sánchez: “Nuestro pacto es con el sentido común. Queremos formar un gobierno estable que dependa de sus propias fuerzas» (26 marzo). «Más libertad, más sentimiento nacional y más sentido común», reclama Esperanza Aguirre.8Partido Popular de la Comunidad de Madrid (2011) «Esperanza Aguirre reclama “más libertad, más sentimiento nacional y más sentido común”». Etcétera.

Pero para Gramsci9Todas las citas de Gramsci que reproducimos están extraídas de Notas para una introducción y una aproximación al estudio de la filosofía y la historia de la cultura, cuaderno 11 (1932-1933) de los escritos por el autor en la cárcel. el sentido común es el «negrero de los espíritus», donde «se aguzan los caracteres difusos y dispersos de un pensamiento genérico de una cierta época en un cierto ambiente popular». Efectivamente, el progreso de la humanidad es una constante lucha contra el sentido común imperante en cada grupo de personas en una época. Como la ideología, es un conjunto de supersticiones y mitos que comparte una sociedad y que le dan cohesión. Son supersticiones porque son creencias que no importa que sean verdaderas o falsas: las damos por buenas porque las compartimos con nuestro grupo. A través del sentido común tenemos una idea similar de lo que es bueno, justo, verdadero y deseable. 

Este modelo asume un sentido «de arriba abajo»: para llegar al Pueblo, la ideología antes tiene que haber pasado por las élites. Esto ocurre incluso cuando los intelectuales conciben la ideología para el bien del Pueblo: este, aferrado al sentido común, será incapaz de asimilarla hasta que no esté tamizada o le sea impuesta. La oposición de grandes masas populares a medidas de Podemos como la subida del salario mínimo interprofesional son buena prueba de ello. En ciertas ocasiones una ideología puede llevar el camino «de abajo arriba», y es el Pueblo el que la impone a la élite, bien destronándola o bien obligándola a asumir los nuevos preceptos, pero esto solo ocurre cuando el poder falla en la fase de fariseización y no asume la ideología pujante, por lo que queda deslegitimado. La fase ideológica y de panfletización permanecen igual.

En la medida en que la hegemonía cultural coincida con el sentido común, los objetivos de la clase dominante serán tenidos evidentes y necesarios por la ciudadanía, incluso cuando estos van en contra de sus propios intereses, los de su grupo o los de sus semejantes. Hacen al Pueblo amar su servidumbre, pero con la magia de que este no se siente siervo. Y, como hemos visto, son los medios de comunicación los que, como un martillo, trabajan incesantemente para moldear el sentido común y hacerlo a imagen de la ideología de la élite. «No cansarse nunca de repetir los propios argumentos variando literalmente la forma, la repetición es el medio didáctico más eficaz para actuar sobre la mentalidad popular», dice Gramsci.10Todas las citas de Gramsci que reproducimos están extraídas de Notas para una introducción y una aproximación al estudio de la filosofía y la historia de la cultura, cuaderno 11 (1932-1933) de los escritos por el autor en la cárcel. Además nos muestran una versión campechana de sus miembros: ahí tenemos a la clase política con cucharón y delantal en la paellada popular, o jugando al dominó en la residencia de mayores, cosas que difícilmente hacen cuando no les mira la cámara.

A la vez que Gramsci desarrollaba estas teorías, Edward Bernays experimentaba con ideas similares desde un punto de partida muy distinto. Definió la teoría de las relaciones públicas en Estados Unidos en la década de 1920, explorando la fariseización de la ideología. Consiguió, entre otras cosas, impulsar el tabaquismo entre las mujeres asociándolo con el feminismo, para lo cual orquestó que varias jóvenes fumaran en un acto público ante las cámaras de los medios de comunicación (Curtis 2002). Su libro Propaganda (1928) recoge varios de estos experimentos: «La voz del pueblo está domeñada por los líderes de grupo en los que cree y por aquellas personas que saben manipular a la opinión pública. Se compone de prejuicios heredados y símbolos, lugares  comunes y latiguillos que los líderes de opinión suministran a la gente».

Antonio Gramsci y Edward Bernays. Ambos nacieron en 1891 y trabajaron en teorías similares de influencia sobre las masas, pero mientras que el primero murió en la cárcel a los 46 años de edad por su aspiración de llevar al Pueblo a la revolución, el segundo vivió hasta los 103 años dirigiendo los impulsos irracionales del Pueblo al consumo. Es más sencillo que la hegemonía altere una ideología que lo inverso.

La ideología y el sentido común son los motores primarios de la ultrarrazón, entendida esta como la justificación racional de algo en lo que creemos emocionalmente. Bernays lo pone en términos freudianos: «Los pensamientos y acciones del ser humano son sustitutos  compensatorios de deseos que este se ha visto obligado a reprimir. Podemos desear algo no por su valor intrínseco o por su utilidad sino porque hemos llegado a ver inconscientemente en ese objeto el símbolo de otra cosa, cuyo mero deseo nos avergonzaría confesarnos. Un hombre que compra un coche puede creer que lo necesita para desplazarse, mientras que, en realidad, quizá prefiriese caminar por el bien de su salud y no tener que cargar con los gastos que acarrea. En realidad, quizá lo quiera porque es un símbolo de posición social, una demostración de su éxito en los negocios o un medio para contentar a su mujer».

Miramos el mundo a través de una combinación de ideología y el sentido común, y esta nos devuelve su imagen distorsionada: no como realmente es, sino con las explicaciones que mejor se adaptan a ella. Donde una persona religiosa ve actuaciones divinas, otra persona atea solo verá relaciones causa-efecto pedestres. En ambos casos se trata de una cuestión de fe: «La forma racional, lógicamente coherente, la completitud de razonamiento que no descuida ningún argumento, positivo o negativo, que tenga algún peso, tiene su importancia, pero está muy lejos de ser decisiva» (Gramsci).11Todas las citas de Gramsci que reproducimos están extraídas de Notas para una introducción y una aproximación al estudio de la filosofía y la historia de la cultura, cuaderno 11 (1932-1933) de los escritos por el autor en la cárcel.

Cuando una persona toma estas visiones de modo indubitable, sin dar opción de diálogo con otras posturas, decimos que la atraviesa el dogma y la llamamos Gente Entrañable, personas bienintencionadas pero cerradas de mente, por lo tanto dañinas para la sociedad. El «cuñao» es el dogmático del sentido común, el «facha» es el dogmático conservador, el «progre» es el dogmático de izquierdas, etc.12Todos estos calificativos tienen una connotación negativa dado que se los han puesto grupos ideológicos rivales. Es fácil ser consciente del dogma ajeno, difícil ser consciente del propio. El dogma representa la pobreza intelectual: allí donde hay algo que no conocemos, en lugar de remediarlo o de admitir nuestra ignorancia, defendemos la posición de nuestro grupo de referencia sin cuestionarla, estableciendo certezas y culpables que alivian la incertidumbre.

En realidad todos, el cuñao, el facha y el progre, tienen razón. La misma experiencia puede significar dos cosas totalmente diferentes a dos personas distintas, dado el patrón de cada una de ellas y su manera de construir sentido de la experiencia. Que muera gente es malo, pero para la carcundia postfranquista no lo es tanto si se trata de «negros» en el Mediterráneo, para un activista de izquierdas no lo es tanto si se trata de un «facha» en una trifulca.13En diciembre de 2017 muchas personas de izquierda defendían la presunción de inocencia para Rodrigo Lanza, acusado de matar a un ultraderechista por llevar unos tirantes con la bandera de España. «Toda la información se ha hecho pública de forma muy irresponsable por parte de los medios, con titulares sobre los tirantes, sin información real sobre la víctima, que en este caso sí entiendo como relevante. Sólo puedo esperar que todo lo que pone en el comunicado que comparte su familia sea una verdad demostrable, aunque ni aún así va a quedar libre Rodrigo, eso lo sabemos todxs». Es como opera el sego cognitivo: elijo creerme a los medios cuando acusan a personas opuestas ideológicamente a mí, pero dudo de ellos cuando lo hacen a personas afines. Al hilo de este caso, Sabina Urraca (2017) se pregunta, muy pertinentemente, cómo «si ni siquiera nos pertenecen nuestros propios recuerdos, podemos estar tan seguros de los hechos que sucedieron a otros». Elijo un ejemplo progresista y no de derechas porque el público potencial al que puede llegar estas palabras es de izquierdas, y se hace necesario abrir esta herida por dolorosa que sea. Un ejemplo similar de derechas está de más y lo único que conseguiría es reforzar la visión de nuestra audiencia, nada menos apetecible.

En una época en el que cada persona dispone de la información que más refuerza su visión del mundo, y que el algoritmo se la sirve en bandeja para darle un pequeño orgasmo de dopamina y extraer aún más datos que vender al mejor anunciante, el dogma se ha convertido en uno de los mayores peligros de la convivencia. Como incide Marta Peirano (2019), «no somos personas sino activistas de nuestra propia visión del mundo. (…) Ya no tenemos que negociarla con personas que no la comparten porque somos perfectos. La prueba es que hay personas perfectas que comen lo que nosotros comemos y piensan lo que pensamos y que tienen la misma edad que nosotros y ven las mismas series y escuchan la misma música y visitan las mismas ciudades. Las tribus identitarias son un monocultivo; la falta de diversidad atrae plagas y enfermedades».

Se trata de la Edad de la Opinión de la que hablábamos en el desmentido del tour de La Manada, «donde no importa qué es verdad o no: todo es cierto si hay una masa suficiente de personas dispuestas a creerlo», y cuyo lema es «Yo soy yo y mi dogma».

¿Es posible alterar ese dogma? Gramsci sugiere que es difícil:

Imagínese la posición intelectual de un hombre del pueblo; ese hombre se ha formado opiniones, convicciones, criterios de discriminación y normas de conducta. Todo propugnador de un punto de vista contrario al suyo sabe, en cuanto sea intelectualmente superior, argumentar sus razones mejor que él, le pone en jaque lógicamente, etc.: ¿basta eso para que el hombre del pueblo tenga que alterar sus convicciones? ¿Solo porque en la discusión inmediata no sabe darles valor? Pero entonces podría ocurrirle que tuviera que cambiar de opiniones a diario, o sea, cada vez que se encontrara con un adversario ideológico intelectualmente superior. ¿En qué elementos se funda, pues, su filosofía, especialmente su filosofía en la forma que tiene para él importancia mayor, en la forma de la norma de conducta?

El elemento más importante es sin duda de carácter no racional, de fe. Pero ¿en qué? En especial, en el grupo social al que pertenece, en la medida en que todo el grupo piensa de manera tan difusa como él: el hombre de pueblo piensa que tantos como son no pueden equivocarse así en conjunto, como quiere hacérselo creer el adversario argumentador; que él mismo, ciertamente, no es capaz de sostener y desarrollar sus razones como lo hace el adversario con las suyas, pero que en su grupo hay quien sabría hacerlo, por supuesto, mejor que ese determinado adversario, y recuerda, en efecto, que ha oído exponer amplia y coherentemente, de un modo que le convenció, las razones de su fe. No recuerda las razones en concreto, y no sabría repetirlas, pero sabe que existen, porque las ha oído exponer y quedó convencido de ellas. El haber sido convencido una vez y de modo fulgurante es la razón permanente de la persistencia de la convicción, aunque sea incapaz de argumentar después.14Todas las citas de Gramsci que reproducimos están extraídas de Notas para una introducción y una aproximación al estudio de la filosofía y la historia de la cultura, cuaderno 11 (1932-1933) de los escritos por el autor en la cárcel.

El sentido común como inhibidor del cambio social

«¿Cómo hacer trabajar a los pobres allí donde se ha desvanecido toda ilusión y ha desaparecido toda fuerza?»

Guy Debord

Ahora demos un paso hacia afuera. En esta batalla de dogmas enfrentados entre sí, donde las manifestaciones no son del Pueblo hacia el poder, sino de dogma contra dogma (feministas y antifeministas, nacionalistas catalanes y españoles, personas religiosas y no religiosas, pro-Carmena y anti-Carmena, contra la investidura de Rajoy y contra la investidura de Sánchez, etc.) tendemos a pensar por error que la ideología de la clase dominante es de izquierdas o de derechas según haya unos partidos u otros en el Gobierno. Se trata en realidad de la batalla cultural de ideologías semihegemónicas, que simplemente escoran el camino hacia un lado u otro de los límites del discurso, tratan de influir en una parte u otra del sentido común, pero que comparten la hegemonía.

La clase dominante es la plutocracia y la hegemonía el consumismo, que en Europa ha tenido que conceder ciertas políticas sociales en mor de la gobernabilidad. «La actual ideología de la democracia es la libertad dictatorial del Mercado, atemperada por el reconocimiento de los Derechos del Hombre espectador», afirma Debord (1967). Lo explica con claridad César Rendueles (2017) comentando a Gramsci: «A medida que se va desarrollando históricamente, el capitalismo se va haciendo sociedad: se va introduciendo en una red de estructuras institucionales que rebasan no solo el terreno productivo sino también el de las organizaciones gubernamentales, y cuya textura capilar es una formidable fuente de hegemonía».

El capitalismo es la suprahegemonía, una civilización que trasciende cualquier hegemonía en concreto, el sistema operativo en el que se enmarca toda ideología, y que ha integrado toda crítica. Esta economía-mundo gobierna no solo mediante leyes sino también a través de incentivos sociales superpuestos sobre asimetrías históricas y naturales, coordinados «felizmente» en eso que llamamos economía, y que incorpora a todos sus elementos en el sistema de autodesarrollo de la Grasa. No tiene a nadie al volante como tal, solo en partes, y de un modo muy limitado. Ha convertido al proletariado europeo en Clase Media, a la que seduce con compritas, botoncitos y lucecitas perennes que dan satisfacción instantánea, y ha desplazado la fuerza de trabajo a otros países.

Los medios de comunicación de masas han sido el pivote que ha hecho posible este proceso. Desde las teorías de Gramsci y los primeros experimentos de Bernays se han hecho masivos y espectaculares, han homogeneizado a todo Occidente y han depurado las técnicas de refuerzo de la hegemonía hasta hacer eslóganes que son certeros disparos al corazón, sin que necesiten salvar la barrera del intelecto. Son la gran maquinaria de símbolos que cohesionan al Pueblo en torno a la suprahegemonía, hasta tal punto que han redefinido las relaciones de poder: el imperialismo tras la Segunda Guerra Mundial no se ejerce con la fuerza del fusil sino con la amabilidad del símbolo. La penetración de marcas estadounidenses en otros países, por ejemplo, viene precedida por la penetración de su espectáculo.

Volvemos al punto inicial: a La Sexta le da igual que el tour fuese asqueroso u honorable mientras el público vea la publicidad que sale antes y después. A Telecinco le da igual que la víctima sufra o no mientras el público vea los dos anuncios que pone en su página web antes de dar paso a la abogada acusadora para hablar sobre su sufrimiento. Pero mediante esa pretendida involucración se granjean la confianza del Pueblo y le transmiten los símbolos que legitiman a la plutocracia. Dicen: creemos lo mismo que tú, ahora mira, esta es la estética de los que saben, siempre bella y sonriente, tú puedes participar de su éxito a través de este cacharrito. La clase dominante permite (por propia conveniencia) al Pueblo imitar sus aspectos superfluos de manera que los esenciales, que en el capitalismo son el control de los medios de producción, quedan inalterados. Al imitar los peinados a la última moda de Cristiano Ronaldo, los miembros de La Manada se figuran que son partícipes de su Grasa: conducir coches caros, pertenecer al equipo del Gol, tener pericia balompédica, ser guaperas, etc. Pero Ronaldo participa de los medios de producción de espectáculo, La Manada son solo su detrito, el peligro que hace ver a la ciudadanía que la prensa, y por tanto las élites, se preocupa por ella.

Huelga decir que, ya que los medios apuntalan el discurso hegemónico, no promueven ningún tipo de cambio social. «El espectáculo es el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad moderna» dice Debord (1967). «Somete a los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente». Y continúa, más adelante: «expresa lo que la sociedad puede hacer, pero en tal expresión lo permitido es absolutamente contrario a lo posible».

Acercándolo al caso que nos ocupa, esta cita de Herman y Chomsky toma especial relevancia:

Los informes de los abusos sufridos por las víctimas dignas no solo pasan a través de los filtros del modelo de propaganda; pueden ser también la base de ininterrumpidas campañas propagandísticas. Si el Gobierno o la comunidad empresarial y los medios de comunicación consideran que una historia es útil y dramática a la vez, se centran intensivamente en ella y la utilizan para instruir al público. (…) Inversamente, las campañas propagandísticas no se pondrán en marcha en los casos en que las persecuciones, por masivas, ininterrumpidas y dramáticas que sean, no satisfacen el test de utilidad para los intereses de la élite.

Esperamos haber logrado explicar mejor la intención original del falso tour y las capas de desinformación que ha generado.

Notas   [ + ]

1. Un interesantísimo ejemplo de entrevista a pie de calle es la de un hombre al que, a propósito de un atraco producido el día anterior (preocupación por la ciudadanía) con una pistola de juguete, le preguntan qué haría si alguien le atraca con un arma y le pide todo su dinero. Responde «nada, no se lo doy» y, ante la perplejidad del entrevistador, arguye «porque no tengo ganas de seguir viviendo». La excepcionalidad de este ejemplo pone en evidencia cómo, incluso ante la incertidumbre de preguntar a una persona aleatoria por la calle, no contemplamos la posibilidad de ningún giro argumentativo en el ciudadano anónimo. Puede verse en https://twitter.com/MadridDirecto/status/1046443759666384896
2. Como se verá, este escrito presenta una actitud crítica hacia el consumismo y el capitalismo. Por una parte existe una voluntad kitsch de expurgar de nuestra conciencia lo malo; por otra entendemos que la acumulación de capital económico mengua el capital medioambiental, lo que conduce inevitablemente al colapso climático. Pero por otra también admitimos, como sugiere Edward Bernays, que el consumismo apacigua los instintos más bajos del ser humano. Para ampliar información sobre nuestra postura a este respecto, ver Doppelgänger (2018).
3. La casualidad quiso que el mismo día que acabamos de hacer el briefing del programa de desinformación me llegara el burofax con la cita de la vista previa y, más adelante, que la misma semana que se emitió ese programa recibiera la notificación de la denuncia de la abogada.
4. El término gatekeeping en periodismo hace referencia al filtrado de la información por parte de los redactores de un medio de comunicación, que deciden qué se publica y qué no.
5. El ultrarracionalismo no cree en la emancipación del Pueblo. Desde un punto de vista realista sabemos que (1) es imposible desbaratar un imperio de símbolos destinado a mantener las estructuras de poder, (2) que una parte importante del Pueblo no desea ser emancipada y (3) que la sumisión hace «convivir a grandes cantidades de seres humanos en una sociedad funcional sin sobresaltos» (Bernays 1928). A pesar de ello, desde un punto de vista idealista nos disgusta esta subordinación inconsciente de las masas, y creemos que la ciudadanía debe conocer dónde empieza y acaba su individualismo y libertad para que el conjunto social funcione. Por ello trabajamos desde nuestras modestas posiciones para entrever los yugos simbólicos que nos apresan como Pueblo y hacerlos evidentes mediante su détournement. Los mass media son los heraldos de esos símbolos, de ahí que «hacer un uso hábil de los medios de comunicación imperantes para dotar de capacidad de seducción a propuestas aparentemente delirantes» (Debord 1955) sea uno de los actos más subversivos que pueden realizarse. De ahí el tour de La Manada.
6. Vox España (2020) Un paseo con Santiago Abascal (29 febrero).
7. PSOE (2019) Pedro Sánchez: “Nuestro pacto es con el sentido común. Queremos formar un gobierno estable que dependa de sus propias fuerzas» (26 marzo).
8. Partido Popular de la Comunidad de Madrid (2011) «Esperanza Aguirre reclama “más libertad, más sentimiento nacional y más sentido común”».
9, 10, 11, 14. Todas las citas de Gramsci que reproducimos están extraídas de Notas para una introducción y una aproximación al estudio de la filosofía y la historia de la cultura, cuaderno 11 (1932-1933) de los escritos por el autor en la cárcel.
12. Todos estos calificativos tienen una connotación negativa dado que se los han puesto grupos ideológicos rivales. Es fácil ser consciente del dogma ajeno, difícil ser consciente del propio.
13. En diciembre de 2017 muchas personas de izquierda defendían la presunción de inocencia para Rodrigo Lanza, acusado de matar a un ultraderechista por llevar unos tirantes con la bandera de España. «Toda la información se ha hecho pública de forma muy irresponsable por parte de los medios, con titulares sobre los tirantes, sin información real sobre la víctima, que en este caso sí entiendo como relevante. Sólo puedo esperar que todo lo que pone en el comunicado que comparte su familia sea una verdad demostrable, aunque ni aún así va a quedar libre Rodrigo, eso lo sabemos todxs». Es como opera el sego cognitivo: elijo creerme a los medios cuando acusan a personas opuestas ideológicamente a mí, pero dudo de ellos cuando lo hacen a personas afines. Al hilo de este caso, Sabina Urraca (2017) se pregunta, muy pertinentemente, cómo «si ni siquiera nos pertenecen nuestros propios recuerdos, podemos estar tan seguros de los hechos que sucedieron a otros». Elijo un ejemplo progresista y no de derechas porque el público potencial al que puede llegar estas palabras es de izquierdas, y se hace necesario abrir esta herida por dolorosa que sea. Un ejemplo similar de derechas está de más y lo único que conseguiría es reforzar la visión de nuestra audiencia, nada menos apetecible.