Sobre la legitimidad del proceso judicial


No dudamos de las declaraciones de la víctima en nuestro juicio. Asumimos que el tour, que ella cree real, le ha causado daño, y le pedimos disculpas. También asumimos de buena fe que su abogada, que ha defendido en varias ocasiones a hombres acusados de violencia de género, no ha asumido ahora el discurso feminista para hacer caja, y que nos demanda porque cree de forma honesta que el tour iba a realizarse realmente. Asumimos, por tanto, que hemos fallado a la hora de explicar el caso hasta ahora, tanto en el desmentido como en el juicio, por lo que nos hemos permitido explicarnos extensamente en estas páginas. Esperamos que, fuera de paternalismos de abogadas, jueces y activistas, alguien pueda explicarle a la víctima el trasfondo de la acción, aunque suponemos que no le importará mucho. Nosotrxs no podemos ya que la sentencia nos prohíbe comunicarnos o acercarnos a ella, y es lo único que pensamos cumplir.

A pesar de ello, nos gustaría recordar que una acusación, aunque sea legítima su intención, no debe basarse en abiertas falsedades porque desvirtúa el caso y otros relacionados. A lomos de estas falsedades los poderes judicial y mediático convierten lo que debería ser la defensa de una persona agraviada en un ejercicio de tergiversación de la realidad. Esto impide un debate crítico acerca de la acción en sí, si esta es éticamente reprobable, si fue o no adecuado llevarla a cabo con este caso en particular, e incluso qué reparación podría ser apropiada. Más bien al contrario, desviste los hechos de todo contexto, llevando a una gran masa de personas a juicios erróneos, negándoles la posibilidad de discernir, y fomentando la crispación, el maniqueísmo y la polarización. Todo ello pone en duda la honestidad del proceso y el pretendido propósito de reparación del daño moral.

De trasfondo está en juego el feminismo, con el que se han disfrazado estas malas prácticas abogadiles, mediáticas y judiciales. Pero el feminismo no necesita hacer trampas ni tener aliadas que usan la mentira y el odio: eso debería ser precisamente su opuesto.