Sobre la legitimidad del proceso judicial


No dudamos de las declaraciones de la víctima de La Manada sobre lo acaecido en el portal de Pamplona. Es natural darle credibilidad a quien se encuentra en una situación desfavorable, y una chica frente a cinco seres embrutecidos lo está.

Si en nuestro caso la víctima ha sufrido, merece una clara disculpa y el resarcimiento oportuno. Desde luego no era esa nuestra intención, pero es un error que debemos asumir. Y si bien creemos que la acusación puede ser legítima, no es menos cierto que queda tremendamente desvirtuada por las abiertas falsedades que contiene, entre ellas las intenciones que nos atribuye, y que no son fruto del error o el desconocimiento. A lomos de estas acusaciones los poderes judicial y mediático convierten lo que debería ser una defensa de una persona agraviada en un ejercicio de tergiversación de la realidad. Esto impide un debate crítico acerca de la acción en sí, si esta es éticamente reprobable, si fue o no adecuado llevarla a cabo con este caso en particular, e incluso qué reparación podría ser apropiada. Más bien al contrario, desviste los hechos de todo contexto, llevando a una gran masa de personas a juicios erróneos, negándoles la posibilidad de discernir, y fomentando la crispación, el maniqueísmo y la polarización. Todo ello pone en duda la honestidad del proceso y el pretendido propósito de reparación del daño moral.

De trasfondo está en juego el feminismo, con el que se han disfrazado estas malas prácticas abogadiles, mediáticas y judiciales. Pero el feminismo no necesita hacer trampas ni tener aliadxs que usan la mentira y el odio: eso es precisamente su opuesto.

Terminamos con una observación de Luther Blissett: «Cuando la izquierda espera haber encontrado los verdaderos lugares de la lucha revolucionaria al lado de los pueblos oprimidos de la Periferia, al final solo resulta una lucha por el derecho de cada oprimido a convertirse también en opresor».